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Frio nieve

En los últimos años que recuerdo, los días que ha nevado en Pamplona han sido pocos, y siempre pasa lo mismo.
1º día: Nieva como si no hubiera un mañana.
2º día. Deja de nevar. La nieve se vuelve gris por los humos y los coches y a saber que más.
3º día. Hace tanto frio que los montones de nieve que quedan se congelan, pero ya apenas hay nieve en la calle.

Y hasta el año que viene. Esta semana nos han amenazado con que volverá a haber temporal, pero yo no me amedranto. Va a hacer demasiado frio para que nieve.

Y hablando de nieve, quiero contaros un cuento al respecto. Es un cuento sencillo de un viaje corto, pero sincero.

El chico que busco la nieve.

Erase una vez un hombre. Un hombre que creía tener una vida plena. Amo, aprendió y creo. ¿Se puede pedir algo más?
Pero hay algo que el hombre no había experimentado. Era un ligero pesar, una minúscula cuña clavada en su corazón.
El nunca había visto nevar.

Así que cuando cumplió 31 años decidió emprender un viaje. Quería ver la nieve más allá de vídeos y fotografías.

Reunió sus ahorros y planifico un largo viaje. Ya que iba a ver nevar no se conformaba con una nevada sencilla. Quería llegar al lugar donde disfrutar de la mejor nevada del mundo.

Y con ese propósito inicio su viaje.

Visito cientos de ciudades. Conoció nevadas ligeras y pesadas. Aguanieve y ventiscas. Vastos prados nevados y enormes ciudades de cristal heladas.
Pero a pesar de la ilusión y la sonrisa con la que miraba la nieve, no acababa de encontrar aquello que buscaba.

Al final, tras recorrer casi el mundo entero, llego a un pequeño pueblo. Anunciaban nieve para el día siguiente, así que decidió quedarse en la posada la noche.
Estaba tomándose un chocolate caliente con aire alicaído justo cuando el camarero empezó a hablar.
-La taberna esta caliente, tienes un buen chocolate en la mano y tienes pinta de estar de viaje. ¿A que viene esa cara?
-Llevo un tiempo viajando, buscando la mejor nevada del mundo. Pero a pesar de todas las que he visto, mi corazón me dice que no he encontrado lo que estoy buscando.
El tabernero se quedo callado, pensando un rato. Entonces dijo….
-Vete a dormir ya. Mañana cuando te levantas vas a vivir la nevada de tu vida.

El hombre se fue a dormir, extrañado por la afirmación del camarero. A la mañana siguiente se levanto, pero cuando se asomo a la ventana, esta estaba tapiada con maderas y no pudo ver la nieve.
Entonces llamo a gritos al tabernero, pero este no apareció.
Bajo a la taberna, pero esta estaba desierta, con todas las ventanas también tapiadas.
Entonces vio una nota en la barra.
-“Sal por la puerta, te esperamos.”

El hombre salio por la puerta, y entonces lo vio.

Fuera de la taberna todo estaba blanco y la nieve caía copiosamente. Todo el pueblo estaba congregado esperándole. El tabernero le hizo un gesto para que fuera con ellos, y le ofrecio una manta. Le paso el brazo por encima de los hombros y le dijo.
-“La forma más hermosa de ver la nieve, es siempre con gente que la disfrute contigo.”.
Entonces le señalo hacia arriba. El hombre miró hacia arriba y vio como del cielo grisáceo caían pequeñas motas de algodón helado. Sintió la inmensidad y lo hermoso de la nieve, y sonrió como nunca lo había hecho.

Fin.

5 Febrero

Desde Hettar&Hatta, os deseamos felices días nevosos. Cread muchos muñecos de nieve y jugad con ella. :).

PD1: Antes de ayer fue San Blás. Yo me puse muy gordo comiendo roscos, ¿y vosotros?
PD2: Siempre que veo muñecos de nieve en las rotondas y los parques, me acuerdo de Calvin :).

Snowman_Doom

El hombre gato

Este es un cuento que me gustaría publicar algún día, en un recopilatorio con todas las tonterías que escribo. Algo que nadie leería.

 


Siempre he pensado que si hay un momento para la magia, ese momento está en la madrugada. En la profundidad de las noches mas frías. No de cualquier forma, por supuesto, y no para cualquier persona. Seguramente sea necesario que uno camine en soledad bajo el cielo mas raso. Es en ese momento, cuando las calles están desiertas, las estrellas rielan y el viento acompaña con su lejano murmullo, puede encontrarse la magia. Pero solo si la busca uno con la atención adecuada.

Yo siempre lo sospeché. Lo sospeché desde hace muchos años. Cuando era niño, los cuentos y la fantasía me traían loco. Devoraba con avidez cualquier género fantástico, incluso el terror, que me hizo pasar mas de una noche en vela. Y mas de dos. Adoraba las ilustraciones. Animales engalanados como personas de alta cuna, duendes, hadas y terribles criaturas mitológicas. La fantasía me maravillaba. Quizás toda esta experiencia me sirvió de gran ayuda hace algunos de meses, durante el transcurso de un suceso que dio un vuelco a mi vida, y que voy a relataros a continuación. Lo contaré tal y como yo lo sentí vivido. Y que lo creáis cierto o no, es una cuestión que se escapa de mi responsabilidad. Empieza así.

Volvía hacia mi casa. Ya eran casi las seis de la madrugada. Pero no os creáis que el cielo empezaba a clarear, nada mas lejos. Era la madrugada del uno de enero, la primera madrugada del año. Y en mi ciudad, en esas fechas y a las seis de la madrugada, el cielo se pone tan oscuro como la boca del lobo. Además, hacía mucho frío, un frío terrible. Yo caminaba hecho un adefesio. Con los brazos cruzados y apretados contra el pecho para mantener el calor, y disfrazado de cowboy. Sí. Aunque parezca raro de creer, esa era mi situación. La explicación es que en mi ciudad se celebra la llegada del año de esa forma. Con disfraces.
En concreto, de mi disfraz de vaquero, poco quedaba ya. Con el ir y venir de las copas, había perdido el sombrero, la pistola y hasta la placa de sheriff. Por lo demás, caminaba lento, casi apesadumbrado. El efecto del alcohol estaba comenzando a remitir, cada vez veía con mas claridad, pero la cabeza me dolía un poco. Sin contar que debido a todo el humo que había ingerido aquella noche, y a las horas que había pasado bailando y charlando, me hallaba un tanto exhausto.

Así, movido por la fatiga, fui a sentarme a la entrada de un portal, para recobrar el aliento y poder seguir con mas fuerzas después. Me senté, estiré las piernas, moví los tobillos y traté de calentarme frotándome los antebrazos. Nadie caminaba ya por la calle. Tampoco vi pasar ningún taxi. No había luces en las ventanas de los pisos. Tan solo la luz de las farolas llegaba hasta el empedrado. Entonces, de entre los coches que se hallaban aparcados frente a mí, creí ver una sombra. Como una criatura pequeña y veloz que se desplazaba por entre las ruedas.

Extrañado, me levanté y me acerqué lentamente, muy lentamente. Al agacharme para mirar bajo el coche en el que creía que se escondía la misteriosa criatura, vislumbré dos ojos brillantes, grandes, que refulgían con el brillo de las farolas y me miraban. Yo retrocedí un par de pasos, movido por la sorpresa. Y entonces, con un leve y melódico maullido, un felino salió de debajo del coche. Era un gato grande, muy grande. Era pardo, marrón, y atigrado con rallas doradas. Frente a mí, como si quisiera impresionarme, dio unos pocos pasos. Lo hizo lentamente y bien erguido, con mucha soberbia y maestría. Era, sin lugar a dudas, un animal muy refinado. Tal vez por eso me confié y pensé que no era peligroso. Me acerqué y me agaché para ponerme a su altura. El gato también se acerco a mí, y entonces yo lo acaricié con mucha suavidad. No se porque lo hice. Probablemente aún estaba un poco ebrio y eso me hizo perder toda precaución. Aunque aún hoy, el recuerdo de aquellos ojos felinos, me hace sospechar de algún tipo de hechizo.

En cualquier caso, cuando toqué al animal, su rostro cambió por completo. En un abrir y cerrar de ojos, su pelo se erizó, enseñó unos pequeños pero afilados colmillos y con un terrible bufido, saltó a mi brazo derecho. Yo apenas tuve tiempo de reaccionar, traté de retroceder una vez mas, hice un par de aspavientos y cuando me quise dar cuenta, noté los dos colmillos puntiagudos del animal clavándose en mi piel. Solté un grito de dolor y tras un breve forcejeo, conseguí lanzar al gato unos metros mas allá. Él desapareció tras una esquina con un maullido lastimero. Pasmado, sorprendido y dolorido, volví a sentarme a la entrada del portal. Lo primero, pensé, es sopesar los daños. Me quité la cazadora y me remangué la manga de la camisa. Aquello tenía mala pinta. Había mucha sangre y se notaba que el ataque había ido en serio. Las pulsaciones se me habían disparado pero mi mente aún estaba algo dormida y no funcionaba a un ritmo normal. Pensé en dirigirme al hospital mas cercano. Tenía miedo a una infección, un contagio o algo peor. Me levanté y sin ser aún plenamente consciente de lo que acaba de pasar, comencé a andar.

Anduve durante quince minutos, quizás veinte, apretándome la herida levemente. Sentía que cada vez tenía mas frío, y que a cada segundo estaba mas cansado. Caminaba y caminaba, algo desesperado, y entonces, al cruzar una esquina… Vi la luna. Llena. Blanca. Inmensa. El cielo estaba raso, las estrellas brillaban con fuerza. Y la luna, de la que no me había percatado hasta ese momento, reflejaba la luz mas blanca que podáis imaginar. Un escalofrío severo recorrió todo mi cuerpo.

Cuando amaneció yo estaba en lo alto de un tejado, completamente desnudo. El sol estaba alto en el cielo, había alguna nube, y debajo, unos cuantos metros mas abajo, la ciudad ya había despertado. Las bocinas, el gentío de los bares, los motores de los coches. Todo transcurría con normalidad. Yo me sentía francamente bien, como recién despertado de un hermoso sueño. Sí, lo poco que quedaba de noche, la había pasado convertido en gato. Los recuerdos de aquella extraña trasmutación están algo diluidos y borrosos en mi mente, pero os aseguro que fue una gran experiencia. Corrí por las calles, perseguí ratones, insectos. Escalé con habilidad muchos obstáculos y fui a parar a los lugares mas hermosos e inaccesibles para los hombres. Ahora, con cada luna llena, vuelvo a transformarme, y entonces salgo de casa a recorrer las calles. Mi disfrute dura tan solo una noche, y a la mañana siguiente, siempre me encuentro embriagado del mas absoluto bienestar. Como dije antes, que me creáis o no, depende de vosotros.

Un regalo para Ender.

Estoy sentado en el sofá. Me corrijo, estoy “tirado” en el sofá. Tengo en mi mano un cubata de agua con un par de hielos (siempre son un par de hielos).

Me encuentro contemplando aburrido la enorme caja de cartón que esta sobre la mesa. Está llena de toda clase de libros. Libros de pesadillas de cuando era más joven, libros de rol, novelas, trilogías y pentalogias de fantasía medieval, mangas, libros de texto de la Uned. Y solo está por la mitad.

La contemplo aburrido porque es la 4º mudanza que hago en mi vida. Aunque esta no es una mudanza completa, solo voy llevando objetos cubiertos de polvo de 4 años a casa de mis padres, para que acumulen más polvo. Si, más polvo, pero de un único sitio ya. La última vez que se muevan esos libros será cuando me vaya a vivir solo a mi casa propia (some day….).

Apuro el cubata de agua de trago, me levanto y voy de nuevo a la estantería, a catalogar que libros son míos y cuáles no. Hay libros que incluso me pregunto “¿Por que coño los traería a casa?”.

Me subo a una silla mal que puedo para coger los que se encuentran encima del armario. Esos que no se leen más que una vez o que han sido olvidados por el mundo. Y al intentar coger una pila, mientras mantengo el equilibrio, una columna de libros enteros se cae.

“Pumm!!”.

Toso del polvo que se ha levantado en el salón.

Bajo de la silla y empiezo a amontonarlos. Y en esto que cojo un libro muy fino, de portada amarilla.

¿Sabéis cuando en las películas o en muchos relatos uno de los personajes toca cierto objeto que tiene algún tipo de poder y de pronto su mundo y toda la pantalla se colapsa llena de luz y el personaje que ha tocado el objeto recibe una visión o revive una vivencia pasada o un ente superior le toca la mente para que descubra algo que va a suceder?
Pues no es tan espectacular cuando te pasa a ti.

Apenas recuerdo que edad tengo. Aun vivo en el II Ensanche con mis padres, y comparto habitación con mi hermano y soy un mocoso.

Y en mis manos está este libro. Es un libro realmente simple. Pero de tan simple que es puro. El libro se llama “Las cosas de mi cuarto” y simplemente son pequeños poemas sobre lo que hay en un cuarto. La cama, el despertador, la ventana…

Aun estoy sentado. Me pican los ojos del polvo y los libros siguen en el suelo. Y estoy releyendo ese libro, recordando cosas de una época en la que mi hermano y yo solo sabíamos sonreír, jugar y vivíamos despreocupados y exentos de responsabilidades.
Merendábamos plátano machacado con azúcar mientras veíamos PatoAventuras en la tele del salón.
Montábamos el Belén con nuestra madre.
Bailábamos mientras hacíamos la digestión antes de entrar en la piscina de plástico del pueblo.
Aprendíamos cayéndonos a montar en bicicleta.
Odiábamos el kéfir.
Miles de anecdotillas que pasaron ya hace más de 16 años…

Sonrió, cierro el libro y la primera persona que se me pasa por la cabeza tras tener pensamientos tan sencillos y poderosos es Ender. No sé porque la verdad, supongo que es porque Ender es así. Representa en cierto modo todo lo que ese libro me ha recordado solo en un instante.

Ender es una de esas personas que da muchísima importancia a momentos y cosas sencillas que marcan diferencias o crean muy buenos recuerdos. Solo tenéis que leer su blog para ver ejemplos de esto, o quedar con el una tarde para hablar. Últimamente le voy conociendo mucho más y estoy plenamente convencido que su bien-hacer, su inocencia y su sencillez dentro de la complejidad de su persona algún día salvará el mundo. O algún mundo.

Así que he decidido regalarle ese libro a Ender. Creo que le gustará. Tengo la esperanza de que algún día en el futuro Ender se lo regalará a otra persona para que también recuerde cosas de su niñez, o se lo de a algún niño para que cree buenos recuerdos. O incluso que pequeños Ender puedan leer ese libro dentro de muchos años. O que ese libro se pierda en el olvido como ha hecho estos últimos 5 años. No sé que pasará con el libro, ni con Ender. Pero los recuerdos que ha despertado el libro no se irán.

Os voy a dejar aquí alguna hoja fotografiada. Como veis es un libro muy muy simple, apenas 32 hojitas. Increíble lo que algo tan simple puede hacerte recordar.

Hicimos un vídeo en el que Ender leía el primer cuento-poema, el de la cama. Pero el audio es horrible, así que he decidido no ponerlo al final.

Lascivos en el aire

Y hablando de Audio, aprovecho para publicitar el Podcast que han empezado Ender y un amigo suyo.
Aquí la presentación.

Ender says:
Este es un podcast que acabo de empezar con un amigo.
http://lascivosenelaire.blogspot.com/

Es un podcast musical, y de momento solo hay un programa piloto de 20 minutos de duración. ¡Tal vez os guste! La música, al menos, es muy buena.